Robot de hojalata antiguo con expresión rígida, metáfora de la herramienta que ejecuta sin criterio ni espacio para pensar

Pensar también es liderar

Llevo unos meses formándome en inteligencia artificial y digitalización, y reconozco que me tiene atrapada. Ver que algo que antes me comía una mañana entera se resuelve ahora en diez minutos engancha. Quieres más. Pruebas una cosa, luego otra y de repente te das cuenta del riesgo de no mantener ese espacio para pensar.

Y sí, me pasé de frenada.

Una tarde me di cuenta de que encadenaba una cosa con otra sin levantar la cabeza y sentí que me había quedado atrapada como si de un agujero negro se tratase. En algún momento perdí el foco, el objetivo. En algún momento dejé de hacerme la pregunta que le hago a todo el mundo con quien trabajo, sean líderes, equipos o empresas: para qué. Para qué quería yo toda aquella maquinaria. Qué había debajo.

No me dio vergüenza reconocerlo, aunque sea justo el punto ciego que ayudo a mirar a otros. Yo también soy humana y me había metido tan adentro del cómo que había perdido de vista el para qué. Me había soltado la mano a mí misma.

No fue nada dramático. Estas cosas entran de puntillas. Te enganchas a algo que te interesa, que te espabila y que encima te resuelve cosas, y sin darte cuenta te mueves por inercia en vez de por dirección. Es la diferencia entre actividad y acción, y casi siempre se ve tarde.

Cuando se trabaja mucho y se avanza poco

Lleva la escena a tu empresa y mira qué te suena. Un área que compra una herramienta nueva antes de haber puesto en común qué problema venía a resolver. Una dirección que reclama más velocidad sin abrir el espacio para decidir qué merece esa velocidad. Personas saltando de una reunión a un mensaje y de un mensaje a una urgencia, con la sensación de estar dándolo todo y no mover lo importante ni un centímetro.

Esa sensación tiene mala fama porque suena a queja. Pero, ¿y si la leemos como un dato?. Cuando en un equipo se trabaja mucho y se avanza poco, rara vez falta esfuerzo. Lo que falta es un acuerdo claro sobre qué es lo importante, y falta el momento en el que ese acuerdo se construye.

Puede que reconozcas alguna de esas escenas en tu semana. Reconocerlas es gratis. Lo caro es seguir mirando hacia otro lado un trimestre más.

Y esto no va solo de inteligencia artificial

La inteligencia artificial lo pone todo bajo un foco más fuerte, porque acelera, amplifica y te abre delante un abanico de posibilidades que hasta hace nada no estaban ahí. Pero la escena es anterior a ella. Empresas repletas de procesos, indicadores, reuniones y proyectos que, con todo eso encima, siguen sin tener claro qué es lo prioritario.

Lo que ha cambiado es el ritmo. Todo llega antes y llega más junto: información, estímulos, decisiones, ruido de fondo, y esa presión sorda de que si te paras un momento el mundo te adelanta.

Con criterio, una herramienta potente multiplica lo que tu equipo es capaz de hacer. Sin criterio, multiplica el desorden. Y por muy bien vestido que vaya de innovación, el desorden a toda velocidad sigue siendo desorden.

Así que te lo pregunto sin rodeos, aunque la respuesta escueza un poco: ¿usáis la herramienta para acercaros a donde queréis llegar, o habéis dejado que sea ella quien marque el ritmo, el rumbo y hasta la manera de trabajar?

El espacio para pensar es una de las partes más importantes de tu trabajo

Lo decisivo cuando trabajas con una herramienta como la IA sucede antes de pedirle nada. Es el rato en el que decides qué necesitas de verdad, para qué lo necesitas, qué problema tienes entre manos, qué decisión te toca a ti y qué parte de todo eso no puede salir de una máquina porque nace de tu criterio, de lo que has vivido y de tu manera de mirar.

Si te saltas ese rato, da igual lo afinada que salga la petición. La respuesta puede llegar ordenada, bien escrita, incluso lucida, y seguir sin resolver lo que tenías delante.

Es como sentarte al volante, arrancar y no haber decidido a dónde ibas. El coche responde, la marcha es suave, el motor ronronea. Y no llegas a ningún sitio, porque el destino no lo puso nadie. El espacio para pensar es, precisamente, el momento de poner destino.

Ese espacio es lo que te deja separar lo urgente de lo importante. Lo que una máquina puede asumir de lo que reclama tu criterio. Lo que conviene acelerar de lo que pide una conversación con calma. Una herramienta que te descarga trabajo de otra que solo suma una capa más de lío.

Cuesta defenderlo porque no deja huella visible. No produce una entrega, no hay casilla que marcar y, visto desde fuera, parece que ahí no está pasando nada. Y aun así, dentro de una empresa, tiene poco de accesorio y mucho de estratégico.

Directivo pensativo frente a un conjunto de bloques blancos, representando el momento de parar a pensar antes de decidir

Cuando la productividad se mide por lo llena que está la agenda

Hemos dado por bueno medir la productividad por lo ocupados que estamos. Agenda apretada de la mañana a la noche, respuesta veloz, un tema detrás de otro. Y lo primero que sacrificamos cuando el tiempo aprieta suele ser lo que más nos hacía falta: parar, tomar distancia, respirar, escuchar al cuerpo, desconectar un rato, hasta reírnos un poco.

Dicho así suena poco empresarial, pero fíjate en lo que arrastra. Quien está agotado decide peor. Quien está saturado escucha peor. Quien vive en urgencia permanente pierde antes la paciencia y la vista para lo que va más allá de mañana. Un equipo entero funcionando en ese modo rinde por debajo de lo que podría, con todo su talento sin estrenar.

Talento suele sobrar. Ganas, también. Lo que escasea es ese espacio para pensar donde el talento se ordena y se convierte en decisiones.

Y mientras tanto la agenda no para de llenarse. De reuniones, de urgencias, de pendientes, de actividad. De casi todo menos de rumbo.

Hace un tiempo escribí sobre lo que pasa cuando intentamos responder a un entorno nuevo con maneras de dirigir pensadas para el anterior. Esto rima con aquello: seguimos llevando una agenda montada sobre una idea de trabajo en la que pararse a pensar no contaba como tal.

Un líder no puede dar espacio para pensar si no se lo da a sí mismo

Si lideras, esto va contigo de lleno. El criterio, las buenas ideas, la mirada larga y el pulso para decidir bien cuando todo aprieta no nacen de acelerar. Nacen de haberte parado antes, de tener ese espacio para pensar.

Y hay una pieza de esto que casi nunca se mira de frente. Cuando tratas tu propio tiempo de pensar como algo que se puede sacrificar, difícilmente vas a poder ofrecérselo a tu gente. Pides iniciativa, criterio, ideas, energía. Pero si con tu forma de vivir el día transmites que aquí lo que suma puntos es no parar jamás, es esa lección la que aprende tu equipo. Lo que haces pesa más que lo que dices, porque un equipo se contagia de lo que tiene delante mucho antes de asimilar lo que escucha.

Ahí aparece una contradicción de lo más común: acabas reclamando justo aquello a lo que no le dejas sitio. Reclamas criterio, y todo corre. Reclamas iniciativa, y todo pasa por tu visto bueno. Reclamas foco, y la agenda está cosida de interrupciones. Reclamas creatividad, y tu gente vive apagando fuegos.

Esa contradicción no es un detalle menor, y se paga donde más se ve: en los resultados.

Para que un equipo piense mejor, hace falta darle espacio para pensar. Para que decida mejor, necesita tener claro qué está en juego y qué no. Y para que colabore de verdad, necesita conversaciones que no lleguen siempre aplastadas por la prisa. Con pedirlo no basta. Hay que montar las condiciones para que pueda pasar.

El bienestar del equipo sostiene los resultados

Durante años hemos puesto a las personas al final de la cola. Primero los números, primero los procesos, primero lo que urge, y con lo que sobre ya veremos.

Ese orden hace aguas por un motivo sencillo. Son las personas quienes transforman la estrategia y los procesos en resultados. Quienes deciden, priorizan, se coordinan, cargan con lo suyo, aprenden y se adaptan. Y también quienes se agotan, se saturan, se desenganchan y se blindan.

El bienestar de tu gente no rivaliza con la cuenta de resultados, es lo que la hace posible.

Y no hablo de bienestar de escaparate ni de una frase bonita para una diapositiva. Hablo de las condiciones concretas que permiten que una persona piense con más claridad, decida mejor y se relacione mejor. Si tu equipo no está bien, antes o después la cuenta de resultados se entera. Así de simple.

Humanizar tu empresa la vuelve más exigente, no menos. La exigencia solo aguanta en pie si a la vez cuidas cómo están las personas que tienen que sostenerla.

«Me siento muy feliz de haber ‘caído’ en manos de Rosa. Estoy profundamente agradecido por su capacidad de crear un espacio seguro, de apertura y conexión personal, donde incluso la incomodidad se ha transformado en comodidad emocional. Tu flexibilidad, tu capacidad de adaptación y tu método han sido claves para mi evolución. Gracias a este acompañamiento, afirmo que hay un antes y un después en mi camino. Y no solo profesional»
David Rius
Head of HR & Office

Volver al para qué

Aquella tarde, al verme corriendo sin rumbo, hice lo único que sé hacer cuando me pasa. Frené. Me pregunté por qué había empezado todo esto. Y volví a arrancar desde esa respuesta.

No dejé la formación ni aparqué ninguna herramienta. Sigo dentro y me sigue apasionando. Lo que recuperé fue el orden de las cosas: primero el para qué, después el cómo. Cuando ese orden se da la vuelta, la herramienta deja de trabajar para ti y empiezas tú a trabajar para ella. Con la agenda ocurre exactamente igual.

Quizá esta semana puedas abrir la tuya y contar cuánto hay de hacer y cuánto de pensar. Una respuesta sincera, para ti sola. No tienes que enseñársela a nadie.

¿Cuándo fue la última vez que tuviste un rato para parar sin la sensación de estar desperdiciándolo? ¿Y la última vez que lo tuvo tu equipo?

Si intuyes que a tu equipo le falta ese espacio, aquí te cuento cómo trabajo con equipos.

Si lideras un equipo o una organización y reconoces algo de lo que describo aquí, puedo ayudarte a mirar el sistema desde otra perspectiva. Sin diagnósticos genéricos. Con un proceso diseñado a medida en función de la realidad de tu empresa. ¿Hablamos? 📩 hola@rosapiqueras.com

Este artículo forma parte de la newsletter Desde Dentro, donde cada dos semanas comparto reflexiones sobre liderazgo, equipos y lo que ocurre cuando las organizaciones empiezan a funcionar desde dentro. Puedes suscribirte aquí.

Preguntas frecuentes

Significa reservar un tiempo protegido, con su hueco en la agenda, para decidir en lugar de reaccionar. No es un retiro anual ni una jornada especial una vez al año. Puede ser una hora al mes en la que un equipo se para a revisar qué está funcionando, qué ha cambiado alrededor y qué merece atención en las próximas semanas. Lo que lo convierte en espacio para pensar es que no se cancela a la primera urgencia que aparece, se vuelve a poner en el calendario.

Poniendo cifra a lo que cuesta no tenerlo. Los proyectos que se rehacen porque nadie fijó el objetivo, las decisiones que vuelven tres veces a la misma mesa, las reuniones que existen solo para tapar la falta de claridad de la reunión anterior. Todo eso ya te está comiendo horas, solo que repartidas y sin nombre. Cuando lo sumas, ese rato de pensar deja de parecer un lujo y pasa a ser una prioridad.

Por señales bastante reconocibles. Las decisiones suben todas hacia ti porque nadie se siente con criterio para tomarlas. Lo importante se aplaza y lo urgente se multiplica. Aparecen errores que se veían venir de lejos. Y una que suele pasar desapercibida: preguntas por las prioridades del trimestre y cada persona te contesta una cosa distinta.

Empieza por ti, que es lo que tu equipo va a leer. Bloquea treinta minutos en tu agenda para pensar hacia dónde vas y no los toques. Luego, en la próxima reunión, reserva los primeros quince minutos a una sola pregunta: qué es lo importante ahora y por qué. Es un gesto pequeño, y lo interesante es lo que empieza a salir cuando ese espacio existe de verdad.

Estar ocupado tiene que ver con cuánta actividad acumulas. Ser productivo tiene que ver con cuánto te acercas a algo que habéis decidido que importa. A veces coinciden, y a veces se separan durante meses sin que nadie lo note, porque la agenda llena da una sensación de control muy convincente. La pregunta que los distingue es simple: al final de la semana, ¿qué ha cambiado de verdad?

Una primera fase de diagnóstico me permitirá saber cuál es la mejor opción para ti
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